domingo, 6 de noviembre de 2011

Feliz para siempre


Hace un frío horrible en la calle. Normal, en Diciembre pasan estas cosas, y más, si llevas casi cuatro horas dentro de una sala pequeña, rodeado de libros, partituras y la persona que más latidos por segundo te provoca en esos momentos. Es una tontería, solo estamos estudiando. Una excusa tonta para vernos, para tocarnos la pierna por debajo de la mesa y para quedarnos en silencio. Nunca pensé que estaría en ese lugar, con esa persona, esos días.

Ya hemos salido, y los coloretes rojos del calor que me produce ese sitio viejo ya se me han bajado. Se me hiela la nariz, y es que, por lo menos estamos a cero grados. Han colocado el belén en medio de la plaza y llevamos varios días viéndolo al pasar. Hoy una violinista está tocando en la puerta del belén, y aunque parezca mentira y con este frío, nos quedamos a escucharla. Sé que te encanta, y me encanta poder hacerte feliz. Sí, creo que ese fue el primer momento en el que pensé más en ti que en mi misma. Ese fue el instante en el que me di cuenta de que sólo quería hacerte feliz; feliz para siempre.

Seguimos caminando por los arcos. Unos arcos, que incluso ahora, cada vez que paso por ellos me producen la misma sensación. Aire frío me recorre las mejillas y las manos y enseguida noto como algo me abraza y me quita el frío. También me acuerdo de la gente mirándonos y de lo que me preocupaba que lo hicieran, y por desgracia todavía me preocupa.

Seguimos andando, en silencio por supuesto, y llegamos a la parada del autobús, ese sitio al que nunca quería llegar. Como un niño que va contento de camino al colegio jugando con sus amigos pero en el momento en el que llega a la puerta le cambia la cara. Lo mismo. No quiero que subas a ese autobús, ni que ese abrazo que nos damos cada vez que vemos llegar el número que te lleva al hospital se acabe.

Es increíble como esa imagen de los setos iluminados me recordó a París y como ahora, tu y yo, un año más tarde vamos a estar allí, en el Sena, en la Torre Eiffel, de la mano y sintiendo lo mismo.

Nada ha cambiado.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Mes 9. Septiembre

Llega septiembre y la vuelta al cole, que tópico. Bueno, la vuelta al cole, a la universidad, al trabajo, al frío, a la rutina, a los colores marrones, a las hojas en el suelo, a los paraguas, a las canciones tristes, a los días grises, a la prisa, al cortado sin hielo, a los atascos, a las obras, a los nuevos planes. Y es que septiembre llega cargado de nuevos proyectos, ideas y planes. Es como un ensayo del uno de enero, ese quiero empezar una vida nueva y aquí empezamos a probarla. Un quiero dejar de fumar que se pospone para verano, la dieta después del hinchazón de helados y paellas y volver al gimnasio dejando atrás el sol y los (escasos) largos en la piscina.

Llegamos al mes nueve del calendario, rozando la decena, y ya pronto se acaba el 2011. Septiembre es volver a empezar, o en este caso, empezar de nuevo. Porque aunque parece que el mes doce está al caer y todos estaremos en nada comiéndonos las uvas, creo que se va a hacer eterno.

Empezar de cero en el mismo lugar y con la misma rutina no es fácil, y por lo tanto no parece empezar de cero. Pero lo es; y a mí, me parece imposible.

Los colores marrones y amarillentos que tanto me gustan me recuerdan casi el inicio de noviembre en septiembre, y me recuerdan al amarillo de los folios con los que casi nos conocimos. El amarillo que hizo que nos diéramos cuenta que algo extraño pasaba, que aunque nos separaban dos plantas de un mismo edificio, teníamos ganas de compartir lo que había escrito en ellos, que todavía no era nada y que no tardaríamos en llenar de momentos. Y los folios se convirtieron en morados, y después en verdes.

Nos vemos en lo que tarden en caer las hojas.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Un embarazo con final feliz

Hay veces que paseas por la vida siguiendo caminos que no llevan a ningún lado y que desde un principio parecían abrirte las puertas del paraíso cuando por fin alcanzaras el final. Desde pequeño te dicen que tienes que elegir el camino que más se parezca a lo que quieres ser y conseguir en tu vida, un paseo para recordar (o no) en busca de lo más ansiado, la felicidad.


Me recuerda un poco a los caminos del bosque, en los que en la Edad Media, conducía un señor granjero pobre, con su mujer y sus hijos llenos de harapos sucios y un par de reses viejas y flácidas en busca de una ciudad y un lugar donde dormir, ya que la guerra a llegado a su pequeño pueblo, donde dos familias adineradas se pelean por unas tierras que se encuentran a las afueras del pueblo. Ya no hay trabajo y toca emigrar, y no solo a la familia de este ser imaginario que pasa por mi cabeza, sino a la de muchos otros campesinos u obreros que empiezan a construir catedrales.

Seguro que este campesino, no deseaba desde pequeño alcanzar la felicidad intentando vender su ganado y haciendo tejemanejes para conseguir comprar unos harapos nuevos a sus hijos o comprar un plato caliente para cenar.

Y viendo la imagen de este pobre hombre, al cual voy a bautizar como Joel, es cuando uno se da cuenta de que; aunque la mayoría de las veces, nos esforzamos por conseguir algo, por un final feliz, y una vida como todos hemos soñado; te das cuenta, que todo es un conjunto de vueltas, coincidencias, casualidades, desgracias y alegrías, que consiguen separarte del camino que te habías marcado en tu vida. O de la persona que habías encontrado en ese camino.

El ladrón que aparece en medio del camino e intenta asaltar la carreta de Joel y llevarse a su mujer. Y es que todavía no había hablado de la mujer. Alisa estaba felizmente casada con Joel desde los doce años (aunque realmente eran trece para catorce) hasta que después de varias semanas por el camino de piedras que les conducía a la nueva ciudad en la que iban a vivir, les asaltó un vándalo que apareció desde el bosque. De normal, solían asaltarte varios, matar el ganado, dos pedradas a los hijos y robar las bolsas de oro. En este caso, fue solo un vándalo, y no quería ni oro ni sangre, sino a Alisa. La raptó y dejó a Joel con sus dos hijos en medio del camino. Ves, una serie de desgracias, y casualidades.

Alisa no opuso resistencia y es que, estuvo mucho tiempo casada con un hombre que, a pesar de ser buen esposo, nunca había logrado hacerla feliz. Ella sabía que no era su culpa, pero en cuanto vio como se portaba Asthon con ella, conoció al amor de su vida. Quince años menos, pero el amor de su vida.

Y así es como de repente, nuestro amigo Joel perdió a la persona que más quería en su vida. Bueno, no la perdió, porque es uno de estos hombres que no se rinden, que luchan por lo que quieren; y una vez asentado en su nueva ciudad, dejó a sus hijos a cargo de una doncella y cogió un Ryanair rumbo a donde él creía que estaba su mujer (intuición masculina le llaman).

Y aquí entra en juego el destino, que de vez en cuando te ayuda un poquico, y Joel consiguió encontrar a Alisa, luchó contra todo y contra nada y consiguió recuperar al amor de su vida, volver a tenerlo a su lado.

Pues, esta aventura con un final tan feliz, que pensábamos que iba a terminar tan mal duró un total de nueve meses, que se dice pronto, como un embarazo. Y que todo saliera bien fue fruto de la elección del camino correcto, aunque en un principio pareció el erróneo, pero que consiguió volver a unir a este matrimonio, para siempre.

Todo saldrá bien.

jueves, 26 de mayo de 2011

Lo de siempre

Otra vez el mismo gesto, pero unos cuantos meses después. Ya no lleva la cuenta. Es mejor no contar, no pensar en desde cuándo y hasta cuándo. Otra vez ve como pone la mano en el cristal del autobús cuando se baja. Y en ese momento, aunque suene surrealista, sólo piensa en cómo le gustaría regarle un bote gigante de aceitunas. Sí, aceitunas. No es por nada en concreto, es por verle sonreír.

Cierra los ojos y se acuerda de cada milímetro de su carita, de sus mofletes altos, de sus dientes preciosos y blancos, de sus labios perfectos para besar (sobre todo el de abajo), de sus ojos claros en primavera y más oscuros en invierno, de su piel morena. Es tan morena que el contraste es perfecto. “Esto es perfecto”, piensa al bajar del autobús.

Sigue caminando hasta su casa, pensando en lo que le gustaría dar media vuelta, ir hasta su casa, llamar a su puerta, aparecer con mil flores moradas, darle millones de besos y que se parara el tiempo.

ESO. QUE SE PARARA EL TIEMPO. Que no dejase de verle nunca, ni de poder tocarle. Necesita olerle siempre, sentir que está cerca, como lejos, en el edificio viejo donde toca una caja de madera. Otra de sus grandes pasiones, incluso más que las aceitunas.

Está llegando a la puerta de casa cuando se acuerda de escribir en el móvil: Ascensor. Bonita costumbre. Bonito el día que empezó. Bonito el día que le conoció.

Está subiendo a casa y ya tiene ganas de entrar por la puerta y encender el ordenador para hablar. La verdad es que a ella siempre le ha gustado hablar por teléfono, pero ahora no, otra cosa peculiar que tiene es que no le gusta hablar por el aparato, pero ya se ha acostumbrado. Es fácil acostumbrarse a sus costumbres, es muy fácil si se quiere. Incluso a sus horarios, siempre haciendo cosas.

Ya ha llegado a casa y se pone a comer. “Me apetece comida china”. Y es que tampoco le gusta, aunque todo es probar. Como con los pepinillos. Probar y coger práctica.

Ya ha terminado de comer. Y le viene a la cabeza la imagen de sus manos. “Qué sexys cuando se mueven”. Son muy pequeñas, a proporción y morenas, claro. Y aunque no lo hagan casi nunca, le encanta ir de la mano, pero tiene miedo.

Miedo de muchas cosas pero de muchas menos que al principio. “Tengo ganas de abrazarle”, piensa mientras está tumbada sobre la cama. Esos abrazos que aceleran la respiración, aunque no tanto como antes. “Cómo ha cambiado todo”. Y es que a veces quiere volver al principio, y volver a experimentar cada paso dado, sin cambiar ni uno sólo, simplemente volverlo a sentir. Volver a esa ilusión de los comienzos, que acaba en un sentimiento tan fuerte como el que existe ahora mismo. “Ojala volviese a empezar todo otra vez”. Ojalá empezase todo otra vez, y otra y otra, y ojalá nunca llegase septiembre.

Siempre primavera.

lunes, 28 de febrero de 2011

Y vivieron felices

Caperucita va andando por el bosque y pum; el lobo se la come. No prepara ningún plan para amordazar a la abuelita y meterla en un armario, no se disfraza para atraerla, no le cuenta el cuento de “para comerte mejor”, no le da opción a nada. Llega, y hastaluega.

Y así pasa todo, vives y te pasan miles de cosas. Nunca hubiese imaginado que no le darían la opción de ir a visitar a la abuelita y, que el lobo se cruzaría en su camino, sin avisar, tan tranquilo. Aunque igual si que avisó: “Te voy a matar”.

A todo esto, aparece por el otro lado del bosque una nube de polvo de hadas, que envuelve al lobo y la moribunda Caperucita. Campanilla está tan celosa de lo que está pasando que se vuelve loca y empieza a revolotear encima del feroz lobito. Pero no consigue nada, porque aunque no tenga fuerzas para reconocerlo, Caperucita está locamente enamorada del lobo, y Campanilla no va a conseguir interponerse entre lo que hay entre ellos dos. ¿Amor? ¿Deseo?

Cómo no están seguros, bajan al fondo del mar para preguntárselo a Ariel, conocida en el mundo entero como consejera matrimonial. Mueve su melena pelirroja de un lado a otro, y mirando fijamente a los ojos de ambos confiesa: “Estáis locos”.

El lobo tras esas declaraciones tiene miedo, está aterrado se coge la alfombra mágica de Aladdín y se va hasta el infinito y más allá, donde no pueda ver más a Caperucita.

Caperucita se despierta, se gira a la derecha y ve al lobo dormir plácidamente. Ninguno de esos personajes ha existido nunca, el lobo nunca la ha abandonado. Siguen juntos.


PD: Caperucita no es roja, es rosa.

miércoles, 19 de enero de 2011

Aproximación

Ardió el colchón donde tú y yo, empapamos nuestros flacos huesos secos, tiritando y un amor tan prieto y dulce como no pensé que habría, algo tan dulce como... tú.

Que bestia, sueles decir. Creo que nunca me lo habían dicho tantas veces. Y de repente, eres tú quien desmonta el colchón, quien destroza mi cama, quien se aprieta, quien hace que todo sea tan de verdad…

Y pronto me invade esa sensación de vacío. “Quiero más”- grita algo por dentro. Y duele, verdaderamente duele, y mucho. ¿No te pasa? Es un dolor bueno, pero angustioso. A veces, no me gusta, lo confieso, demasiada dependencia, y me invade el miedo; pero que le voy a hacer; es adictivo. Al fin y al cabo, merece la pena.

Nadie lo entendería, ni tu tampoco. Es imposible. Es imposible que a ti también te pase; que te duela tanto querer a alguien. Que no quieras ni dormir ni comer, que retengas tanto rato una misma imagen en la cabeza, la del último instante, la de la despedida; y que esperes con tanta ansia el siguiente. Eso es. Ansiedad. Eso es ese vacío. Quizá es un poco obsesivo, lo reconozco, pero no tengas miedo, aunque yo a veces lo tengo. No hago mas que contradecirme. ¿Qué pasa? Nada…

¿Por qué te ries? Ah vale, estas sonriendo. Qué raro. Si todo es raro, ya sabes. Desde el primer día hasta hoy. ¿Hoy o ayer? Qué más da… te estoy esperando.


Que suerte tengo.

Paseos en silencio

Y me imagino París. La misma luz en un puente sobre el Sena. Pequeños focos de luz dirigida que chocan contra las paredes. Me gustan también hojas de los setos que nos rodean. Cojo una, la arranco. Y sigo mirándote. Rebobina.

Con la mano temblorosa empiezas a tocar. La, do, mi, la. Por ejemplo. Los macillos de fieltro golpean las cuerdas pero no es igual que siempre. Es diferente, es con sentimiento. Es tan especial, que no me lo creo.

Las notas nos desnudan. La melodía saca todo aquello que esperábamos que pasase. La habitación se empieza a hacer pequeña, se reduce a ti y a mí. Las pintadas de la pared nos recuerdan que es algo prohibido. Prohibido para los demás. Vaya concierto.

No queda tiempo, y nos fundimos. Es un interminable beso. Te siento tan cerca que el roce de la piel con la piel hace que me olvide de respirar. O eso pienso yo, ya que solo escucho tu respiración acelerada. Como cuando la melodía se acelera. A pesar de la velocidad, del miedo, de las ganas y de la atracción, no es superficial. Es mucho más que eso.

Lo nunca imaginado.

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