Ardió el colchón donde tú y yo, empapamos nuestros flacos huesos secos, tiritando y un amor tan prieto y dulce como no pensé que habría, algo tan dulce como... tú.
Que bestia, sueles decir. Creo que nunca me lo habían dicho tantas veces. Y de repente, eres tú quien desmonta el colchón, quien destroza mi cama, quien se aprieta, quien hace que todo sea tan de verdad…
Y pronto me invade esa sensación de vacío. “Quiero más”- grita algo por dentro. Y duele, verdaderamente duele, y mucho. ¿No te pasa? Es un dolor bueno, pero angustioso. A veces, no me gusta, lo confieso, demasiada dependencia, y me invade el miedo; pero que le voy a hacer; es adictivo. Al fin y al cabo, merece la pena.
Nadie lo entendería, ni tu tampoco. Es imposible. Es imposible que a ti también te pase; que te duela tanto querer a alguien. Que no quieras ni dormir ni comer, que retengas tanto rato una misma imagen en la cabeza, la del último instante, la de la despedida; y que esperes con tanta ansia el siguiente. Eso es. Ansiedad. Eso es ese vacío. Quizá es un poco obsesivo, lo reconozco, pero no tengas miedo, aunque yo a veces lo tengo. No hago mas que contradecirme. ¿Qué pasa? Nada…
¿Por qué te ries? Ah vale, estas sonriendo. Qué raro. Si todo es raro, ya sabes. Desde el primer día hasta hoy. ¿Hoy o ayer? Qué más da… te estoy esperando.
Que suerte tengo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario