Y me imagino París. La misma luz en un puente sobre el Sena. Pequeños focos de luz dirigida que chocan contra las paredes. Me gustan también hojas de los setos que nos rodean. Cojo una, la arranco. Y sigo mirándote. Rebobina.
Con la mano temblorosa empiezas a tocar. La, do, mi, la. Por ejemplo. Los macillos de fieltro golpean las cuerdas pero no es igual que siempre. Es diferente, es con sentimiento. Es tan especial, que no me lo creo.
Las notas nos desnudan. La melodía saca todo aquello que esperábamos que pasase. La habitación se empieza a hacer pequeña, se reduce a ti y a mí. Las pintadas de la pared nos recuerdan que es algo prohibido. Prohibido para los demás. Vaya concierto.
No queda tiempo, y nos fundimos. Es un interminable beso. Te siento tan cerca que el roce de la piel con la piel hace que me olvide de respirar. O eso pienso yo, ya que solo escucho tu respiración acelerada. Como cuando la melodía se acelera. A pesar de la velocidad, del miedo, de las ganas y de la atracción, no es superficial. Es mucho más que eso.
Lo nunca imaginado.
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