Otra vez el mismo gesto, pero unos cuantos meses después. Ya no lleva la cuenta. Es mejor no contar, no pensar en desde cuándo y hasta cuándo. Otra vez ve como pone la mano en el cristal del autobús cuando se baja. Y en ese momento, aunque suene surrealista, sólo piensa en cómo le gustaría regarle un bote gigante de aceitunas. Sí, aceitunas. No es por nada en concreto, es por verle sonreír.
Cierra los ojos y se acuerda de cada milímetro de su carita, de sus mofletes altos, de sus dientes preciosos y blancos, de sus labios perfectos para besar (sobre todo el de abajo), de sus ojos claros en primavera y más oscuros en invierno, de su piel morena. Es tan morena que el contraste es perfecto. “Esto es perfecto”, piensa al bajar del autobús.
Sigue caminando hasta su casa, pensando en lo que le gustaría dar media vuelta, ir hasta su casa, llamar a su puerta, aparecer con mil flores moradas, darle millones de besos y que se parara el tiempo.
ESO. QUE SE PARARA EL TIEMPO. Que no dejase de verle nunca, ni de poder tocarle. Necesita olerle siempre, sentir que está cerca, como lejos, en el edificio viejo donde toca una caja de madera. Otra de sus grandes pasiones, incluso más que las aceitunas.
Está llegando a la puerta de casa cuando se acuerda de escribir en el móvil: Ascensor. Bonita costumbre. Bonito el día que empezó. Bonito el día que le conoció.
Está subiendo a casa y ya tiene ganas de entrar por la puerta y encender el ordenador para hablar. La verdad es que a ella siempre le ha gustado hablar por teléfono, pero ahora no, otra cosa peculiar que tiene es que no le gusta hablar por el aparato, pero ya se ha acostumbrado. Es fácil acostumbrarse a sus costumbres, es muy fácil si se quiere. Incluso a sus horarios, siempre haciendo cosas.
Ya ha llegado a casa y se pone a comer. “Me apetece comida china”. Y es que tampoco le gusta, aunque todo es probar. Como con los pepinillos. Probar y coger práctica.
Ya ha terminado de comer. Y le viene a la cabeza la imagen de sus manos. “Qué sexys cuando se mueven”. Son muy pequeñas, a proporción y morenas, claro. Y aunque no lo hagan casi nunca, le encanta ir de la mano, pero tiene miedo.
Miedo de muchas cosas pero de muchas menos que al principio. “Tengo ganas de abrazarle”, piensa mientras está tumbada sobre la cama. Esos abrazos que aceleran la respiración, aunque no tanto como antes. “Cómo ha cambiado todo”. Y es que a veces quiere volver al principio, y volver a experimentar cada paso dado, sin cambiar ni uno sólo, simplemente volverlo a sentir. Volver a esa ilusión de los comienzos, que acaba en un sentimiento tan fuerte como el que existe ahora mismo. “Ojala volviese a empezar todo otra vez”. Ojalá empezase todo otra vez, y otra y otra, y ojalá nunca llegase septiembre.
Siempre primavera.
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