Nunca había entendido la razón de querer subir una montaña. Un montón de pasos perdidos en un camino sin pavimentar, de piedras y barro, alrededor de matojos y espinos, o simplemente rodeados de nada, más que de niebla y frio, o sol, o lluvia.
Respirando oxigeno de verdad. No de este que nos venden, milagroso, que incluso rejuvenece, te quita arrugas y quilos de más.
Cada paso dado, un poquito más arriba, cada tropezón nos sigue llevando a lo más alto. A pesar del peso, no hay que parar.
Y como sabes, hablo sin experiencia. Sin la experiencia de algo que hace hasta bastante poco me parecía algo absurdo, y cansado. Y ya entiendo por qué.
Quizás es que todo el mundo que sube una montaña tiene una motivación para hacerlo. Algo dentro que le lleva a querer superarse a sí mismo, a caminar y caminar hasta llegar a lo alto, donde ya no queda nada más, donde ya no se puede avanzar, donde das un paso más y caes, ya no existe mas que el cielo; el infinito cielo, lleno de estrellas.
También puede que haya alguien que quiera observar el paisaje, pararse en cada piedra del camino, en cada imagen, en cada ambiente, y guardarlo en su memoria de por vida.
Quizás otros solo busquen aventura y adrenalina, la jodida experiencia que cambie sus vidas, para siempre.
Yo ya tengo una razón para subir una montaña.: un infinito abrazo en la cima.
Hasta el infinito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario