Es tan raro que parece de película.
Apareces a lo lejos, entre la niebla de la mañana otoñal; uno de esos días en el que yo me pongo la cazadora de piel porque hace frío y se me hielan las manos, pero más tarde, a media mañana sale el sol, un sol de otoño, del color de las hojas, marrón amarillento, que calienta un poquito.
Apareces con un simple, ¡Buenos días! Simple pero cargado de optimismo, de alegría, una alegría que se ve en tu sonrisa; tímida al principio, pero que crece en el momento que te miro. O eso me parece.
Vamos a desayunar entre periódicos, como a mi me gusta. Huele a café desde la puerta de la cafetería. Esa cafetería tan especial donde hablamos por primera vez, donde cruzamos pocas palabras, pero muchas miradas.
Me enciendo un cigarro, echo el humo de la primera calada. Llega hasta tu cara sin querer. Se que odias el tabaco, por ello hago una pequeña mueca, me excuso sin hablar. Me encanta que tú me entiendas, que comprendas que debajo de esa pícara mirada, y mis ojos brillantes, te pido perdón. Y sonríes, como siempre. Siempre te ríes, y lo contagias.
Empezamos a hablar…
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